Hay decisiones que no tomas tú. Las toma la vida, y tú simplemente las reconoces cuando llegan.
En septiembre del 2024 tuve un problema de salud importante. Ese tipo de momentos te obliga a hacerte preguntas incómodas: ¿Estoy haciendo lo que realmente quiero hacer? ¿Qué me quedó pendiente?
La respuesta llegó con la ayuda de mi esposa, que es coach emocional. Juntos sacamos la espina que llevaba clavada desde los 13 años.
El ordenador que no pude tener
Con 13 años, un compañero de clase me invitó a su casa a jugar con un ordenador, en aquella época solo unos privilegiados lo podían tener. Yo fui un afortunado en poder ver por primera vez un ordenador, un Spectrum, y sobre todo jugar en esa maravilla. Fue un flechazo.
Terminando la EGB, nos llevaron a visitar institutos; entré en una sala llena de ordenadores. Aún recuerdo y siento el escalofrío de ilusión al ver esa sala llena de ordenadores y lo tuve claro: esto es lo que quiero estudiar.
No lo estudié. Me fui a trabajar.
En mi casa no había ordenadores. No me gustaba estudiar, o eso creía entonces. Esa decisión se quedó guardada en algún rincón del corazón y cerebro.
Mi primer ordenador
En el 94, tuve un problema de salud; pensaban que podría ser algo muy grave. Gracias a Dios, solo fue un susto. Eso hizo que mi familia decidiera que tenía que dejar el negocio familiar y buscar otro trabajo.
En el 95 comencé a trabajar por cuenta ajena; es cuando conseguí mi primer sueldo, un buen sueldo para aquella época. Lo primero que hice fue ahorrar y comprarme mi primer ordenador, un Intel Pentium; era mi sueño hecho realidad.
Me apunté a una academia para aprender informática, con intención de aprender a programar, pero ese sueño solo duró unos meses.
El síndrome del impostor tiene nombre propio
Pasaron años, muchos años muy duros, pero después de la tempestad viene la calma.
Cuando años después empecé a explorar el emprendimiento digital, me fascinó el marketing. Hice algunas webs. Aprendí lo suficiente para darme cuenta de lo mucho que me faltaba. Pero la programación siempre me pareció territorio de otros: de jóvenes, de personas que habían estudiado informática, de gente con más tiempo.
Con 53 años, me decía: «¿Para qué empezar algo que no voy a terminar?»
Eso es el síndrome del impostor. Y es mentira.
¿Por qué micro SaaS y no otra cosa?
Cuando empecé a investigar en serio, tenía claro que no quería construir otro blog de marketing genérico. Quería crear algo tangible: un producto digital real, escalable, útil.
Los micro SaaS encajan perfectamente en ese objetivo. Son productos de software pequeños y muy específicos, diseñados para resolver un problema concreto a un nicho concreto. No necesitas un equipo de veinte personas ni millones de inversión. Necesitas entender bien el problema, saber programar y tener paciencia.
Y aquí está la parte que me parece más importante, y que nadie suele decirte al principio: construir un micro SaaS solo con inteligencia artificial, sin saber programar, es una trampa. La IA puede generar código. Lo que no puede hacer es que tú entiendas qué ocurre cuando algo falla, los errores que comete la IA, porque los comete.
Cuando hay un problema de seguridad o por qué tu producto no escala, es necesario tener una buena base técnica real.
Lo que vas a encontrar en mi blog
Este no es un blog de tutoriales para principiantes ni un diario de éxito anticipado.
Es el registro honesto de alguien que empieza desde cero a los 53 años: contrabajo por cuenta ajena, familia, tiempo limitado y las ganas suficientes para no rendirse. Es cuestión de prioridades.
Aquí escribiré sobre:
- Cómo aprendo a programar compaginándolo con la vida real.
- Los errores que cometo y lo que aprendo de ellos.
- El proceso de construir mis primeros micro SaaS desde la base técnica.
- La parte psicológica de reinventarse profesionalmente a esta edad.
- Lo que funciona, lo que no, y por qué.
Si estás en un momento parecido al mío, o simplemente te pica la curiosidad de si esto es posible con más de 50 años, bienvenido. Vamos a descubrirlo juntos.
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